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Y todo empezó con un sueño, un sueño que como los buenos quesos fue madurando al transcurso de varios años hasta convertirse en este lugar de experiencias.
Como Ingeniera en Alimentos mi carrera profesional fue llevada primero por el destino y después por propia pasión a temas ligados a la ciencia y tecnología del queso. El conocer a detalle todo el proceso de elaboración a distintas escalas de producción desde la artesanal hasta la industrial, me hizo enamorarme del queso y verlo no sólo como alimento sino como arte. En algún momento de mi vida soñé con una granja artesanal donde poder dedicarme a hacer quesos artesanales pero dado que el destino me ha puesto en una ciudad tan grande y con tantas posibilidades para la comercialización, decidí mejor aprovechar mis conocimientos y experiencias en convertirme un eslabón importante para la difusión de la cultura del buen queso y la comercialización de los quesos artesanales mexicanos y extranjeros de alta calidad. Hoy en día podemos encontrar ya quesos mexicanos elaborados en condiciones de alta higiene y con características sensoriales que les dan la capacidad de competir con los mejores del mundo además de regiones del país que contando ya con abasto de leche podrían diversificar la variedad de productos. Es allí donde mi proyecto vendría a cubrir una función social, por una parte difundiendo lo bueno que ya existe y por otra enseñando a elaborar productos creativos.

Muy lejos, más allá de las montañas de palabras, alejados de los países de las vocales y las consonantes, viven los textos simulados. Viven aislados en casas de letras, en la costa de la semántica, un gran océano de lenguas. Un riachuelo llamado Pons fluye por su pueblo y los abastece con las normas necesarias. Hablamos de un país paraisomático en el que a uno le caen pedazos de frases asadas en la boca. Ni siquiera los todopoderosos signos de puntuación dominan a los textos simulados; una vida, se puede decir, poco ortográfica. Pero un buen día, una pequeña línea de texto simulado, llamada Lorem Ipsum, decidió aventurarse y salir al vasto mundo de la gramática. El gran Oxmox le desanconsejó hacerlo, ya que esas tierras estaban llenas de comas malvadas, signos de interrogación salvajes y puntos y coma traicioneros, pero el texto simulado no se dejó atemorizar. Empacó sus siete versales, enfundó su inicial en el cinturón y se puso en camino. Cuando ya había escalado las primeras colinas de las montañas cursivas, se dio media vuelta para dirigir su mirada por última vez, hacia su ciudad natal Letralandia, el encabezamiento del pueblo Alfabeto y el subtítulo de su